¡¡¡HOLA, PUTAS!!! La reapertura de mi habitación está muy próxima. Espero que las zorritas estéis muy atentas, porque se avecinan cosas muy interesantes en la tercera temporada...
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sábado, 9 de octubre de 2010

Capítulo 5: Un encuentro inesperado

He descubierto que he llegado al límite en cuanto a víveres en casa. La nevera estaba completamente vacía y la despensa solo contenía un paquete de pan de molde mohoso y un triste bote de leche condensada cortada. “Vaya… la vagueza me ha hecho no darme cuenta de que la comida se agotaba. Tendré que ir al súper a hacer la compra. Que diversión…”

Salí desganada de casa, rumbo a la parada de bus; sé que soy tonta por no ir en la limusina. A veces pienso que se malgasta el dinero, con el mantenimiento tanto del chofer como del coche. Puesto que mi padre se pasa media vida fuera del país y yo casi ni la uso. Pero… es que, a pesar de ser como soy, me gusta tomarme mi tiempo a solas; ya sea paseando o en bus como pretendía hoy. Ya se sabe que en medio de una multitud es donde más sola se siente una. Así puedo pensar. Y eso, a su vez, me ayuda a no sentirme tan vacía.

Arrastraba los pies por la calzada, mientras cada vez me encontraba más retraída en mis propios pensamientos; la ciudad cada vez me parece más frívola. “¿Sería yo un prototipo más de esta comuna conformada por una sucesión de clones adinerados?”. Con esta pregunta dándome vueltas a la cabeza incesantemente, como perro intenta morder su cola, giré lentamente la esquina. Dándome la sensación de que mi sombra era una mancha de petróleo que se movía con retraso, con respecto al cuerpo que la proyectaba.

Mis ojos divisaban, por fin, la parada de autobús. “Por favor, tendré que ir en un vehículo tan viejo y usado, con una aglomeración de gentuza a mi alrededor hediendo a sudor fuertemente y sin poder evitar olerlo. Pues la masa compacta de personas me empujaría hasta que mi nariz y boca quedasen completamente adheridas a la axila de la persona contigua a mí; o gente tosiendo, catapultando millones y millones de sus diminutos gérmenes por el interior de la mole en forma de gusano metálico, viciando el aire de tan reducido espacio, con las ventanas cerradas, mientras el llanto de los niños me taladra el cráneo hasta llegar a mi cerebro, produciéndome una matanza excesiva de mis tan delicadas neuronas. Teniéndome, además, que sentar en uno de esos asientos de plástico, sin saber que clase de culos han reposado anteriormente en ellos. Quizás hasta con incontinencia gaseosa. O en el caso de tener que ir de pie, tendré que agarrar uno de los ganchitos estos que ayudan a no desequilibrarte con el movimiento. A saber donde han estado a priori esas manos que antes lo han tomado. Me imagino a un hombre que tenga el desagradable acto de rascarse los testículos continuamente o, peor aún, masturbarse sin que le siga la saludable acción de lavarse la o las manos a posteriori”.



La avalancha de atrocidades que me vino a la cabeza con relación a donde en breves momentos me subiría, me paralizó paulatinamente, aminorando el paso. E, inconscientemente, me llevé la mano a la boca como un rápido acto-reflejo. Pues un repentino ataque de nauseas me sobrevino de repente.

Finalmente mis pies quedaron totalmente inmóviles, a pocos metros de la parada. Y me retiré dos pasos hacia atrás. Con la mano aún en la boca y la frente perlada de sudor frío; mientras mi mente era atacada continuamente por desagradabilísimos flashes de lo que yo pensaba que podía encontrarme allí dentro. “¡Oh…¿Por qué tendré que ser tan a lo “yo”? No podía coger la cómoda, reluciente, aromatizada a pino montés y libre de gérmenes limusina…Heather, tenías que aferrarte a la idea de coger el bus con todo este rebaño de plebeyos, por la necesidad de estar un rato a solas con tus absurdos pensamientos. La gente bien como tú no necesita pensar. Lo tiene todo. Incluso podrías pagar a alguien para que pensase por ti”. Pensando esto, aquella pregunta que me había formulado antes de llegar a la parada, quedo completamente respondida “Me es indiferente ser un prototipo clonado más de la sociedad de las altas esferas. Yo no me subo a esa cosa. Soy demasiado bonita y ya me están empezando a salir granos por estar cerca de gente tan fea…”

Cuando regresé al mundo físico, fuera de mi mente, me di cuenta de que había bastante gente con rostros que reflejaban un desconcierto absoluto, con sus respectivas miradas clavadas en mi excelente persona.

- Pobre chica… ¿Qué le pasará? Que mala cara tiene…- murmuraban.

Cuando me había girado, dispuesta a regresar a casa, en busca del confort que ofrecía mi bien pagada limusina, una moto se abalanzó rápidamente, viniendo en sentido contrario al que yo me dirigía. Asustada grité y me tiré al suelo, desviándome de la trayectoria que la bestia metálica seguía. La masa de transeúntes, asombrada en todo su conjunto, acudió en mi auxilio.

- ¿Está bien, señorita?- me preguntaba con tono preocupado un señor bastante mayor.

La gente rodeándome me producía una sensación de agobio algo pesada. Pero he de reconocer que me encantó ser el centro de atención de tantos.

- Sí…gracias…creo que sí- dije mientras me levantaba con un impulso de mis piernas. Los tacones de los Manolos no me ayudaban demasiado precisamente…- mi bolso… ¿Dónde está?- Aún estaba algo aturdida.

El bolso de Chanel nuevecito, se hallaba sucio y mojado en un pequeño charco, contiguo a la acera donde me encontraba yo, que parecía salir de una alcantarilla que había justo debajo. Además todo su contenido estaba desperdigado por doquier.



- ¡Oh, no… mi Chanel. Lo había conseguido a mitad de precio, sobornando a la dependienta con un surtido de la nueva lencería de la colección de otoño de papá…- me lamentaba mientras lo cogía goteante de tan húmedo asfalto y recogía mis pertenencias con ayuda de los desconocidos transeúntes que se ofrecían a reunirlas. Supongo que la desesperación de una chica guapa al bordillo de la acera es irresistible. Y sí. Ya sé que sobornar no es jugar limpio. Pero tampoco lo es que me hayan reducido el limite de las tarjetas de crédito… es más bien un caso de necesidad. Más que una mala acción.

El motorista homicida, que casi casa mi muerte de manera prematura, con lo necesaria que resulto yo al mundo, no se había marchado furtivamente para evitar las consecuencias. Había tenido el descaro de permanecer en el lugar del “casi crimen” sin el menor reparo.



Tras recoger mis cosas y dar hipócritamente las gracias a esos desconocidos pobretones, me acerqué decidida a ese maniaco. Que aun se hallaba sobre la moto. Ahí estaba: la figura esbelta, impasible, corpulenta, de espalda ancha. Vistiendo un par de conberse all star, vaqueros negros de Tommy Hilfiger, blusa de Lacoste y una cazadora de cuero, también negra. “Para ser un salvaje, he de reconocer que gusto sí que tiene, el mandril este”.

- ¡TU!, ¡¿ESTAS LOCO?!, ¡¿CÓMO SE TE OCURRE TRATAR ASÍ A UNA DAMA?!

La figura no dijo nada durante unos segundos; luego resonó una voz retenida por la envoltura que ofrecía el casco.

- ¿Una dama?, ¿dónde?- miró a todos lados y de nuevo posó su mirada en mí. A pesar de tener el casco aun puesto, que lo mantenía en el anonimato- no la veo por ninguna parte. ¿Y tú?- rió.

- ¡Pero, como te atreves! Primate superdotado…- mascullé de mal humor. Ya había tenido suficiente con que hubiese intentado atropellarme, como para que luego, encima, se las diese de machito insolente.- hay que tener una mínima pizca de educación cuando se habla con una persona. Uno debe descubrirse y darse a conocer, ¿sabes?

- Perdone miss elegancia…- dijo con un deje irónico.

- Y otra cosa- le interrumpí ya furiosa- no tienes la suficiente confianza como para darte esas libertades conmigo. Así que…

- Eh, eh, eh…- imitó mi anterior acto y poniendo su dedo índice, enguantado, sobre mis labios prosiguió- tengo la confianza que me otorga el hecho de haber vivido un lamentable episodio de mi vida con una chica histérica, que no sabe disimular y que tira porros a cabezas ajenas, convirtiéndolas en fogatas andantes- dijo quitándose al fin la cobertura de la cabeza- ¿no te parece?- sonrió.



No me lo podía creer. Me dejo boquiabierta el descubrir de quien se trataba en realidad. Era el chico porreta; con el que días atrás había forcejeado para quitarle un perjudicial porro.

- …¡¿Tú?!...pero…

- Te vi desde lejos y decidí saludarte.

- Querrás decir matarme- le espeté con enfado.

- Solo quería darte un sustillo y animar esa viducha aburrida que llevas- hizo una mueca burlesca.

- Mi vida está muy bien, gracias. O sea, primero me haces pasar un mal rato en clase con más tensión de la que puedo soportar, luego me quemas con el puto porro, le quemo el pelo a un pobre chico y ahora… ¡¿has intentado matarme solo para saludarme?!- Mi voz aumentaba de manera gradual. Pero como la gente que observaba la escena, también había sido testigo del atropello fallido, supongo que veían normal mi estado alterado.

El chico, ya en tierra firme, hizo unos ruiditos con la boca, mientras movía el dedo índice de lado a lado, frente a mí.

- Recuerda que aún estamos buscando a la damita que, dices, hay por aquí…- rió fluidamente.

- Pero serás… ¿qué damita, ni que leches?...

Me abalancé sobre él. El bolso estaba mojado; por lo tanto ya era inservible. Así que aprovechando que el asa aun se podía utilizar, se la pase rápidamente por el cuello y apreté con fuerzas. Sí, lo sé. Este tampoco es digno comportamiento de una chica de sangre azulada. Pero es que la arrogancia es algo que me puede. Aquí solo puedo serlo yo.

- Mira niñato… soy una dama. Pero tampoco voy a dejar que se rían de mí. Sigue por este camino y mandare a alguien para que te cortare tu minúsculo órgano reproductor antes de que sepas utilizarlo diestramente… ¿comprendido?- susurre. Mientras le apretaba más con el asa de cuero cien por cien.

- Para, para…Vale- reía entrecortadamente; medio asfixiado- Vaya… la gatita ha sacado sus garras tirando del dinero de papi. ¿No es así?- decía frotándose el cuello, aun con tenue carcajada.

Le mostré nuevamente el asa del bolso con cara desafiante. Y el hizo una señal conforme con la mano que le quedaba libre.

- Está bien; perdona mi descortesía. Por cierto mi nombre es Lázaro. Mucho gusto; y ¿tú, gatita? Eres…

- Lo de gatita sobra. Encantada. Soy Heather.

El chico fue a dame dos besos, pero preferí mantener cierto distanciamiento. Después de todo no le conocía… así que le extendí la mano indicándole que deseaba darle un apretón en lugar del beso. El chico sonrió, me estrecho la mano y dijo:

- Vaya… una “dama” como tú, con dosis de lesbianismo

- …ains…- suspiré

Ya le iba conociendo y sabia que por muy furiosa o mosqueada que me pusiera. Seguiría con sus bromas. Así que opté por resignarme.

- Y ¿a dónde ibas antes de tan fortuito encuentro?

- Pues… tengo que ir a hacer la compra. Y pensaba en coger el bus, pero…

- Ya. No me imagino a alguien como tu cogiendo el transporte público. No lo digo por nada… solo que, estando acostumbrada a las comodidades que tienes… el bus no es precisamente un paraíso. Pero tranquila. No preguntare la razón de la elección. Si quieres te llevo- dijo sacando otro casco del compartimento de debajo del asiento de la moto y ofreciéndomelo estirando el brazo.

No pude evitar sonreírle. A fin de cuentas resultó ser un buen chico. Me pareció que me comprendía, por alguna extraña razón sin conocerme de nada. No me entusiasmaba ir en moto, sobre todo por el pelo. Tanto por el viento como la presión del casco. Pero, bien mirado, era una idea mucho más sugerente que el bus. Así que acepté. Y poniéndome el casco, recogiéndome mi Vintage, y pasando mis brazos tímidamente por la cintura comenzamos a recorrer el camino hacia el súper mercado más cercano.
Al llegar, saqué del Chanel echado a perder una lista de la compra, con la tinta corrida. Y haciéndome con un carrito comencé a llenarlo con las cosas necesarias, mientras Lázaro me seguía con otro. Ya que estaba allí me aproveché y quise que me ayudase.

Cuando ya casi tenía todo lo que necesitaba Lázaro me propuso algo que me retrajo a lo más profundo de mi algodonosa infancia:

- Súbete, venga- sonrió haciéndome señales para que me montase en el carrito.

- ¿Estás loco?-reí- eso es una infantilidad. Además nos arriesgamos a que nos llamen la atención.

- La Heather victoriana se cree demasiado adulta como para disfrutar. ¿No es así?. Eres demasiado conservadora para ser tan joven.

- No es eso…

El chico me sonrió una vez más y yo se la devolví.

- Está bieeeen- y diciendo esto me subí.



Me empujo velozmente, mientras me reía y extendía las manos al aire. Realmente no sé como lo ha hecho pero me he sentido como renaciendo. Sin peso, ni problemas. Solo el ahora. Ligera, como si me hubiese comido un camión repleto de maltesers. Pero cuando más feliz y distraída me sentía, él soltó el carrito y me precipité, gritando, sin poder detener el carrito contra una pirámide construida a base de paquetes de pañales.



Salimos corriendo de la zona, cogiendo los carritos y yendo a la caja. Yo me enfadé con él, como era de esperar. Cuando iba a pagarlo todo, el me agarró la muñeca, como señal de que no lo hiciera. Y de su cazadora saco lo suficiente en efectivo.

- Cóbrese de aquí lo de la señorita- sonrió.

- Pero… yo…

- Tsss... tómatelo como una galante disculpa por lo del carrito.

Y guiñándome un ojo, comenzó a meter los productos en las bolsas.

De vuelta a casa, me dejó junto a la verja de la entrada. Y me dio las bolsas que habíamos adquirido. Le sonreí

- Gracias por…

Pero antes de que acabase, él se me había adelantado y me dio un delicado beso en la mejilla. Marchándose a lomos de su moto, seguido por el zumbido que esta produce. Y antes de que se difuminase por completo en el horizonte de la calle dijo:

- Hasta pronto gatita. Nos veremos en clase. Y no te afiles tanto las zarpas.

Esto me cabreó muchísimo. Pero a la par me sentía bien… no sabría explicar por qué. Pero creo que a partir de ahora trataré de conocerle más.

Y entrando en el jardín, oí su característica carcajada perderse en la lejanía.



La moraleja de mi día de hoy podría ser…. “A veces… las personas que peor te caen pueden ser los que mejor te comprendan”.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Capítulo 2: Obsesa de las gominolas

Hoy estoy tremendamente cabreada, adolorida y sin ganas de absolutamente nada. Es uno de esos días que preferiría erradicar de mi memoria. Porque hacen que me replantee ciertas cosas con respecto a la vida misma. Y además he sido partícipe observadora de hechos insólitos, que una, ni loca, se imagina que ocurrirán al despertarse.

La mañana fue lenta y pesada. Ya que no pude dormir en toda la noche dándole vueltas al misterioso pretendiente que se hace llamar mi paladín “¿cómo se supone que he de descubrir quién es si solo tengo unos zapatos?”…

Hasta recién empezada la tarde mi día transcurría con total normalidad, exceptuando el cansancio y el leve dolor de cabeza que me provocó la falta de sueño. Era totalmente ajena a lo que sucedería a partir de ese momento:

Mientras leía un artículo interesante del VOGUE sobre un diseñador que había hecho un vestido con cabello humano, sonó el teléfono. Estaba tan entretenida con el artículo que decidí no contestar. Pero el teléfono persistía con su timbre molestamente electrónico una y otra vez. Hasta que al final me tuve que levantar y cogerlo:

- ¡¿Qué es lo que pasa?!...em… digo… ¿Diga?

- Hola Heather, soy Emma. Perdona que te llame; seguro que estarías haciendo algo más importante- y, desde luego, así era- pero es que he de salir y necesito que cuides de la pequeña Linda por unas tres horas- mi ceño se frunció casi automáticamente. Y estuve a punto de darle por respuesta un NO rotundo pero…- te pagare bien- al decir esto el “no” se convirtió en un entusiasmado “sí” con la misma rapidez con la que se me había fruncido el entrecejo al inicio de la conversación.

A los cinco minutos, la mujer ya estaba delante de la puerta, de la mano de su pequeño monstruo, Linda. Una niña de unos seis años de edad. Ellas, junto con Teo, forman una pintoresca y extraña familia, que viven al lado de casa. Unos nuevos ricos que hace menos de un mes vinieron a instalarse en mi urbanización. Se nota con total claridad la vulgaridad de las clase media en ellos. Después de todo, por mucho que se escale, siempre serás como se fue en los orígenes. Solo los que hemos nacido en cunas de oro, podemos presumir de no poder ascender más.

- Hola, cari- dijo Emma nada mas le abrí la puerta.

- ¿Qué tal?- respondí con indiferencia teñida de irritación. Pues odiaba que se tomara esas libertades cuando yo no le he abierto la veda para que pudiera tener esa cantidad de confianza conmigo. Lo único que da más asco que la confianza es que la tenga alguien que ni siquiera me llega al piercing del ombligo.

- ¡Ay hija!, pues súper agobiada. Teo ha tenido que salir y yo tengo un compromiso inamovible con el club de golf… por eso te pido que te hagas cargo de Li, mientras estoy fuera. Porque es que no tengo a nadie más- miró a la niña suspirando, y yo la miré como si fuera una tremenda carga que me endosaban a mí como último recurso- solo tendrás que vigilarla. Le pones la tele y no te dará problemas. ¿Verdad que eres una buena niña?- sonrió dirigiendo nuevamente sus pupilas a su hija.

La niña no dijo nada. Simplemente se limitó a llevarse a la boca una de las gominolas que se encontraban dentro de una bolsita monísimamente decorada
. “menos mal que parece tranquila y poco habladora. Hay que tener en cuenta que la única experiencia que tuve con niños fue a los nueve años con mi Nenuco… y no acabó muy bien; pues me canse de él y lo até una cuerda para que Merley, mi antigua doberman, me persiguiera por el jardín mientras yo tiraba de la cuerda, y el muñeco iba arrastrándose por el suelo verdoso. Hasta que Merley lo atrapó y acabó por arrancarle la cabeza con un mordico. Fue un espectáculo conmovedoramente terrorífico. Pero por lo que se ve, con Linda no habrá problemas. Solo tengo que echarle un ojo de vez en cuando e hipnotizarla con la tele, y asunto resuelto”.

Tras esto, Emma se despidió y se marchó a su reunión en el club de golf, cerrando la puerta tras de sí a la par que yo pensaba que ese dinero sería el más fácil que haya ganado nunca. A pesar de que nunca he trabajado para conseguirlo.

Senté a la niña en el sofá, poniendo antes un plástico protector por si se le ocurría tocarlo con las manos impregnadas del azúcar de las gominolas, y le encendí la televisión con el canal de dibujos animados. Desde lo alto de las escaleras le eché una última mirada y entré en mi habitación para seguir con el VOGUE.

Pasó como un cuarto de hora y el ambiente estaba demasiado tranquilo. Miré hacia la puerta entreabierta de mi cuarto y esbocé una sonrisa “los dibujos animados son un buen sedante”. Pero al segundo de volver la mirada a la revista oí tintineos en la cocina. Así que con mala gana bajé a ver.

Me encontré la bolsita de gominolas en el suelo tirada, entre el pasillo y el umbral de la puerta del salón, vacía. Me agaché a recogerla. Y mirando la bolsa empecé a pensar que quizás no sería tan fácil cuidar de la niña.

Al llegar a la cocina me encontré a Linda sobre la encimera intentando llegar al pomo de una de las puertas de la fila de muebles superiores. O coger una de las piedras que me trajeromn de La India. No estoy segura.

- ¡¿Pero que haces niña?!- grité

- Quiero gominolas- dijo con calma

- Las gominolas producen caries. No tengo de eso en mi santuario. Afean la dentadura.
La niña miró con cara de confusión. Por un instante olvidé que estaba hablando con alguien que no sabía ni que era Oshio… Suspiré profundamente y la bajé de aquel lugar.

- Pórtate bien ¿sí?- Le espeté con falsa dulzura

Me di la vuelta y me dispuse a salir de la cocina, cuando de pronto oí un fuerte estruendo tras de mí. Me giré al momento y descubrí el frutero en el suelo hecho añicos, y la fruta desperdigada. La niña lentamente avanzó por encima de los fragmentos de porcelana hasta llegar a mi. Me agarró el pantalón y dijo con la cabeza gacha:

- Quiero gominolas…- nuevamente con voz calmada.

- ¡¡¡Que no tengo. Pesada!!!- había llegado a mi limite. Le cogí el brazo y bruscamente lo solté de mi Versace.

Parece ser que eso no le hizo mucha gracia, porque alzó lentamente la cabeza, me miró un segundo con una expresión furiosa
y, entreabriendo la boca pegó un vibrante chirrido
parecido al de un cerdo siendo degollado, mezclado con la sensación de pasar las uñas por la pizarra. Hasta que sus pequeños pulmones se quedaron sin aire. Aunque lo de “pequeños" lo pongo en duda, porque a juzgar por el chillido parecían bombonas de oxígeno de un buzo de profundidades. Durante ese tiempo pude ver su gastada y negruzca dentadura; víctima de la cantidad ingente de gominolas que la pequeña yonki del azúcar consumía a diario.

Estaba siendo victima de una niña con un caso agudo de mono de glucosa. Nunca había visto algo semejante. En alguna parte leí, en mis trabes de culturizarme, que el azúcar producía hiperactividad. Pero jamás pensé que fueran como drogadictos sedientos. Y mucho menos que yo fuera el epicentro de uno de esos casos.

Tardé unos segundos en reaccionar, pero encontré un caramelo de menta en el bolsillo trasero del pantalón. Eso pareció calmarla por el momento. Así que aproveché para llevarla a la tele nuevamente. Y allí pareció estar a gusto. Yo me volví a la cocina a recoger el estropicio que ese demonio enganchado había causado. Y en lugar de el futero decidí poner un jarrón rojo.



La paz duro muy poco. Pues a los dos minutos la niña ya se había plantado ante la puerta de la cocina con los ojos idos y la boca babeante y desencajada… realmente me dio miedo. Apuesto a que lo que veían sus ojos no era el jarrón sino una gominola gigante
. Corrió hacia mí como toro desbocado. Al llegar a mi altura la empujé, y la niña cayó hacia atrás, propinándose un fuerte golpe en el coxis que la dejó aturdida el tiempo suficiente para yo ir al baño y preparar mi defensa contra esa criatura.

Al yo bajar las escaleras, la niña ya estaba en pie, esperándome. Pero esta vez yo estaba preparada. Sí. Le mostré un botecito lleno de pastillitas con dibujos, de estos, de los años de la pera
. Y ella enseguida lo fijó como su principal objetivo. Me lo quitó de la mano antes de que pudiera darme cuenta, y se comió de golpe cuatro de aquellas píldoras. Como era de esperar cayó inconsciente; pues era en realidad un bote de valium con la etiqueta cambiada.

Temiéndome lo peor arrastré a la niña por los pies hasta el pie de las escaleras, y allí la cargué en peso hasta mi habitación. Donde la tumbé en la cama. Tras todo esto la zarandeé fuertemente.

- ¡¡¡Despierta. Reacciona!!!. “No quiero ir a la carcel por culpa de una criaja. No he matado a nadie. Tengo un gusto demasiado impecable para esa cloaca…¿Qué voy a hacer?”.

Cuando ya me veía entre rejas. Oí un vómito que me sacó del trance en el que me sumí. La jodida chiquilla había vomitado sobre mi colcha de plumas; y para colmo, cuando me acerqué a ella para comprobar si estaba bien, recibí una patada en el ojo que me dejó patidifusa. La niña dormía feliz tras haber expulsado las píldoras. Debía estar soñando. Pero a mi me saldrá un buen morado. Menuda gracia me hace.

Después de una hora de incesante vigilancia por mi parte, llego Emma y le entregué a la niña. Me pareció oír cánticos celestiales. Y seguramente este dinero me costará mucho gastarlo. De todo esto he sacado una cosa en claro: trabajar es duro. Así que, nunca más.

Capítulo 1: Un paquete misterioso

Ya hace un par de días que he hallado la manera de independizarme del estúpido de Hideki. Y esta nueva vida libre de cadenas parece que comienza a entusiasmarme.

Me llamo Heather y hasta hace poco llevaba una vida paralela a la de Hideki. Pero gracias a mi fuerza de voluntad y a la cantidad de paciencia invertida, he logrado realizar mi deseo más anhelado. Tengo veintiún años, soy lista, bella, tengo dinero, un padre que me tiene en un pedestal y lo más importante: SOY LIBRE. Me comeré el mundo.

Hoy ha sido un día bastante intrigante para mi gusto y con un desenlace muy satisfactorio:

Recuerdo que me levanté bastante desanimada porque el día anterior había descubierto que el limite de mi tarjeta de crédito había sido reducido... "vaya ahora tendré que gastar menos que antes. ¿La empresa de papá estará pasando un mal momento?".

Posé los pies sobre mi alfombra de angora, experimentando la gratificante sensación que produce. Era como estar caminando sobre varios caniches recién salidos de la peluquería canina. Esponjosamente suave. Y me incorporé suavemente, retirándome de mi mullido lecho de plumas de cisne. Tras mirarme en el espejo de mi tocador de una manera fugaz, me dispuse a bajar las escaleras que conducían al vestíbulo.

No es que tuviera demasiada hambre, pero de todas formas decidí tomarme un vaso de leche caliente y una manzana.

- ¿Pero donde diantres está el maldito servicio?- grité yo sola en el umbral de la puerta del comedor mientras daba un pisotón a una inocente baldosa del suelo marmóreo- Dios, es que en esta casa todo tiene que hacerlo una misma.

Tras morder la manzana y haberme bebido todo el vaso de leche sonó el timbre de la puerta. Al parecer la gente no tiene consideración por las damas que dormimos las horas que nos corresponde. Joder que solo eran las doce de al mediodía. "Que falta de consideración..."

Abrí la puerta tras ponerme mi bata de seda china, de color purpura, con pedrería incrustada. Hay que recibir a la gentuza con glamur incluso acabados de levantar. No hay que olvidar que lo más importante en esta vida, después del dinero y el poder, es cegar al prójimo con tu luz propia.

Al otro lado de la puerta me encontré con una pobre alma desgraciada; con el pelo revuelto, camisa de adidas de la temporada pasada y unos baqueros y tenis de marcas irreconocibles. Le miré con cara de superioridad:

- ¿Si-iii?- emití un deje cantarín haciéndole notar mi sarcástica fascinación por su desfasadísimo atuendo. "jajaja yo me pegaría un tiro antes de atreverme a salir a la calle así"

- Hola- Dijo con voz tenuemente grave- vengo a entregar un paquete, para la señorita Heather Jimberts.

- ¡¿Paquete?!- de pronto se me iluminaron los ojos y me olvidé completamente del chico al visualizar la preciosa caja de color naranja con lazo que portaba bajo su esmirriado brazo- Sí. Tiene la increible suerte de poder estar hablando con ella en este momento- reí discretamente, y el chico se sonrojó. "Pero que fácil es hacer que suspiren por una"

- Fi-fi-fírmeme aquí si es tan amable- dijo con voz notablemente nerviosa por mi malévolo acto anterior con esa precisa intención.

Le arranqué literalmente el paquete de las manos tras haber firmado el recivo. Despues de todo era un paquete demasiado bonito para ser tocado por alguien tan mediocre. podria contaminar su interior.

Lo llevé corriendo a mi habitación para poder saborear los segundos que se tarda en desenlazar la cintita y en abrir la tapa. Para luego aspirar el delicioso aroma a nuevo.

cuando por fin aparto la tapa, un papel especial envolvía unos zapatos extrabagantemente preciosos de plataforma que me enamoraron al instante:



Eran increibles; jamás pensé que el excremento vacuno pudiera hacer algo tan maravilloso. Eenseguida me los calcé y tiré una foto para subir al facebook, para envidia de mis admiradores:



Oh... estaba tan inmersa en mi euforia calzadítica que olvidé por completo la notita que vino con estos bebés:

"Querida Heather, espero que te guste este humilde presente traido en exclusiva de la última colección de la fashion week de NY.

Besos tu paladín"


- ¿Y esto?- dejé escapar en voz alta.

No podía dar credito a lo que acababa de leer. Alguien me enviaba estos zapatos tan sublimes desde NY y por lo que parecía está muy interesado en mi... ¿Quién puede ser?. Me intrigué un par de segundos más, pero pronto me levanté dejando caer la nota, haciendo posturas adorables delante del espejo para lucirlos. Ya tendré tiempo de averiguar sobre ese paladín mío. Ahora toca disfrutar de los zapatos...