¡¡¡HOLA, PUTAS!!! La reapertura de mi habitación está muy próxima. Espero que las zorritas estéis muy atentas, porque se avecinan cosas muy interesantes en la tercera temporada...
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sábado, 16 de marzo de 2013

Capítulo 13: ¿Erasmus u orgasmus?


Tranquilos, tranquilos chicos. Como os había prometido el día nueve de este mismo mes, aquí me tenéis de vuelta. Ni siquiera yo soy tan cruel como para lanzar un bulo sobre mi regreso y luego dejaros plantados cual ultima patata del saco de un granjero hambriento. Eso sería como dejaros lamer un poco de la dulce cubierta de caramelo de un chupa-chups y luego apartároslo diciéndoos que en breve os dejaré comeros el chicle que lo rellena. No, yo no soy así. Soy una soberana inflexible pero amable con quienes sabéis ganaros mi afecto.

Pues bien, sé que os debo muchas explicaciones, ya que desaparecer un año y cuatro meses no es normal... Sobre todo si tenemos en cuenta que vuestras vidas necesitan de mi esencia para seguir adelante. Sin mí no sois más que una cascara vacía, un ser que ha perdido su propósito en este mundo. Lo mínimo que puedo hacer por todos y cada uno de vosotros es contaros mi experiencia y entenderéis el por qué de mi tan repentina evaporación. Lo mejor es empezar unos meses antes de todo el embrollo de la situación principal, es decir, la que realmente interesa:

Si os remontáis a los últimos días que di señales de vida, recordareis que Esther me llevó a aquella casa cochambrosa estilo campestre. Sí, donde casi me parto la cabeza por aquel cerdo que salió corriendo como si tuviese un cohete incrustado en el culo, conmigo encima. Pues bien, la experiencia en aquel reino en el que mi cetro, corona y manto pasaban a ser propiedad de la fauna y la flora del lugar, no fue la estancia en el infierno que esperaba vivir al llegar allí. Lo pase bastante mal, no os creáis que fueron unas vacaciones en Disneyland, pero dentro de lo que cabe no fue tan desagradable. Mis amigos saben cómo hacerme olvidar.

Unos días después, de vuelta al insoportable mundo académico, me encontraba en un estado la mar de soporífero. Moviéndome por inercia, más que por otro cualquier motivo que se os pueda ocurrir. Pero la mañana del cuarto día de mi presencia en la universidad, había quedado con Esther para desayunar, ya que disponía de una hora antes de que empezase su clase de derecho penal. "Por favor... Si yo me aburro a morir en historia universal, que la elegí yo, no me quiero ni imaginar cómo sería verme obligada a estudiar la carrera de derecho. Me pegaría un tiro en la sien antes de cumplir la segunda semana lectiva".

- Bueno... digamos que no estás del todo recuperada, pero mejor que antes, desde luego- Me dijo Esther, mientras tomaba un sorbo de café con leche, de una taza de porcelana barata de bareto de facultad.




- ¿Tú crees? Tanto que dice la gente de que el oxigeno del campo y la playa le hacen sentir a una mejor y más rejuvenecida- dije con un deje dudoso- Eso es una mentira más gorda que decir los bebés provienen de París. Mírame: unos días en el campo y parece que he envejecido de golpe unos veinte años...- le reproché mientras observaba la evidente aparición de arrugas en el entrecejo a través de mi circunferente espejo de plata de ley para bolsillo.

- Eso no es de vejez, mujer- Dijo Esther, empujando las palabras como pudo, a través de una carcajada nerviosa- Eso es de estrés. Deberías tomarte las cosas menos en serio. Creo que tu relación con Lázaro no hizo más que perjudicarte- concluyó, dando un gran bocado a una tartaleta de nata y frambuesa.
- Puede... que tengas razón. No estoy segura al cien por cien de todo este asunto- suspiré al llevarme a la boca una magdalena.

Sí. Mi relación con aquel chico ha finalizado. La situación fue bastante tortuosa. Me costó un poco asimilarla, pero aún no ha nacido el hombre que pueda tomarme por tonta; me he dado cuenta de que quizás hayan más personas bipolares en este mundo de las que parecen haber. Y la verdad es que hoy día estoy de maravilla soltera; no me hace falta un hombre para sustentarme. Soy lo suficientemente fuerte como para mantenerme emocional y económicamente por mí misma. Eso de Una mujer necesita de un hombre para sentirse completa es una auténtica estafa. Una gran mujer no tiene la necesidad de escudarse tras un hombre, y ahora mismo pienso disfrutar de la vida como a mí me salga de los ovarios. Una vez cerrada la puerta y habiendo tirado los restos de aquella antigua relación a la basura, me siento una chica libre, feliz y con ganas de comerme el puto mundo. Señoras y señores, Heather vuelve al mercado del ligoteo, que tiemble cada macho que pretende adquirir algo en él; por el momento, para cumplir las necesidades hormonales que una chica tiene de cuando en cuando, acudiré al primer cajón de mi mesilla de noche y echaré mano de mi querido amigo: el vibrador rosa transparente con cinco marchas que se pueden ir alternando con un pequeño estimulador de clítoris que viene incorporado "Es todo un monstruo del placer".

Cierto es que en el momento en el que me hallaba en aquella mesa hablando con Esther aún me cuestionaba ciertas cosas y me sentía como una estúpida por seguir sintiendo algo por ese patán, pero... volvamos nuevamente a ese punto de la conversación y dejemos que el tiempo siga avanzando hasta hoy día con fluidez. De ese modo entenderéis cómo fue posible el que una chica inocentona y enamoradiza que aún suspiraba por un tío con su mejor amiga, pasa a ser la chica independiente, a la que le importa una mierda todo cuanto un chico pueda pensar de ella, ¿os parece?

- Que sí muchacha. Si no te doy una bofetada. Verás tú que pronto se te quita la gilipollez de encima- Dijo Esther firme pero con su característica carcajada.

- ¡No tiene ninguna gracia!- la miré queriendo fulminarla.

"Dios, no. Una bofetada deformándome mi cara de muñequita de porcelana... Una cara que en un futuro podría proporcionarme infinidad de cosas. Sería una verdadera catástrofe si le sucediese algo"- Temblé ligeramente a causa de esa posibilidad tan indeseada.

En ese mismo instante baje un poco la mirada, mientras aquella chica simpático-agresiva seguía produciendo ese sonido, proveniente de su cavidad bucal. Me percaté de que de su Louis Vuitton sobresalía un papel sospechoso.
- Oye... ¿Qué es eso?- pregunte impaciente; señalando con los ojos en dirección al bolso.

- ¡mmmh!- intentó expresarse a mitad de otro sorbo de su café con leche. Tras depositar la taza, prosiguió hablando mientras me alargaba el papel- Es el aviso de que por fin se abren las plazas para la obtención de una beca Erasmus de la universidad. Yo tengo pensado marcharme a Toulouse- Al decir el nombre de la localidad francesa se le iluminó el rostro con una sonrisa que le daba la vuelta al cráneo.


- Ah, ¿sí? suena interesante- afirmé asombrada al ver cuántos destinos, organizados por facultades, figuraban en la lista- ¡Vaya, esta universidad dispone de muchísimos convenios con universidades europeas¡- vociferé.

- Pues claro. Es una universidad de lujo; no todo el mundo puede acceder a la universidad privada con una de las cuotas y nivel de exigencia más altas del mundo. Digamos... que solo la aristocracia más selecta puede acceder- bromeó- ¿Sabes? No estaría nada mal que te plantearas optar a una plaza e irte una temporada. Así aireas un poco ese cerebrito perfumado que tienes y dejas de pensar de una vez en tu relación fallida- La última palabra la dijo con especial entonación.

Odiaba que la chica soltara ese tipo de cosas cual lanzador de cuchillos borracho hacia mí. Pero... la verdad es que en ese momento la idea no me pareció tan descabellada. De hecho veía un nuevo sendero surgiendo bajo mis afligidos y cansados pies.

- Pues ¿Sabes qué te digo? A parte de que, para ser la universidad de lujo que dices que es, esta cafetería deja mucho que desear- dije pasando el dedo por el borde de mi taza de menta poleo a medio terminar. Tenía muchas ganas de dejar constancia de mi opinión del local- Que pienso irme también- Mis palabras desbordaban decisión.

- ¡Así me gusta chica. Apoyo la moción!- Dijo eufórica- Ahora mismo vamos las dos a prepararlo todo.

- Vaya... Pero la facultad de geografía e historia no oferta Toulouse como destino en Francia. El único que ofertan de ese país es Lyon y solamente dos plazas- dije con una entonación que dejaba bien claro que ya comenzaba a flaquear mi gran decisión.

- ¡Eh, eh, eh!... No te permito que tus emociones empiecen a perder gas- dijo dando un golpe seco en la mesa, haciendo de tazas, platos y cubiertos vibrasen.

- ¿Cómo quieres que siga manteniendo la ilusión si entre los dos destinos hay alrededor de 600km?- aclaré con asombro- Eso son 5 horas en coche. Estás loca si piensas que me voy a pegar un viaje de 5 horas en coche cada cierto tiempo. Se maltratarían los vestidos que llevase a causa del cinturón de seguridad y mi pelo, ya que siempre los malditos conductores se dejan las ventanillas abiertas. Cuando llegase al destino parecería una pordiosera despeinada- concluí.


- Jajajaja- Por favor Heathy- dejó escapar con incredulidad "Odio que me llame así..."- ¿De verdad esperas que me crea que una señorita de tu nivel tiene la necesidad de utilizar un coche para salvar la distancia? Tienes dinero suficiente como para permitirte billetes de avión en primera clase siempre que lo desees.

Un silencio se apoderó por completo de la situación. "A veces me sorprende la agudeza mental de esta chica. Lo tenía todo planeado desde antes de que yo descubriese el papel en su bolso" Poco después sería roto por una expresión apurada de Esther:

- ¡Oh, mira la hora que es! El Sr. Báez me la armará gorda si oso llegar tarde de nuevo- Dijo agobiada, tomando el último sorbo de su taza y estrellándola contra el platillo debido a las prisas- Hablamos luego cari, pero este ya es un asunto zanjado. Tú y yo nos vamos juntas a Francia.

Y con eso, al mismo tiempo que se acomodaba el bolso en el hombro, dio por finalizada nuestra conversación, sin que me diese tiempo a rebatir la decisión. "No sé cómo lo hace, pero siempre ha de tener ella la última palabra...¡Agh, qué rabia!"- Ese último pensamiento simulaba un estado de furia falso, ya que en el fondo me gustó la idea de marcharme, por un tiempo, de aquel vertedero social que era mi país. Y, con una sonrisa radiante, me levante da la mesa y comencé a caminar hacia mi facultad. Aún tenía media hora antes del comienzo de mi primera clase.

Sorprendentemente esta chica mueve muy bien los hilos exactos para que la burocracia avance rapidísimo a través del tiempo: papeles, seguros, pruebas de idioma... Todo pasó como si se tratase del vuelo de un colibrí. Y cuando quise darme cuenta, allí estaba: en la residencia estudiantil de Lyon.

Pero antes de llegar, en el avión, hubo una situación un tanto incómoda: resulta que me encontraba sentada por el lado del pasillo y en el de la ventanilla había una señora algo mayor, pero no demasiado. El caso es que notaba que me miraba relativamente de forma seguida cuando llevábamos ya un tiempo de vuelo. Yo hice caso omiso y me dispuse a pedir algo de comer. Bajé la mesilla y pedí a la azafata una cocacola light (que me vino ya con el vaso), además de la lata, un bocadillo de jamón y queso, un mars y una bolsa mediana de frutos secos. Lo coloque todo de manera bien accesible en la mesilla y abrí la bolsa de frutos para esparcirlos en el plato junto al bocadillo. A todo esto la señora continuaba observándome. Os podéis creer que la jodida señora esperó a que lo tuviese todo colocado para decirme:

- Perdona... Pero, quiero ir al baño...

Vamos. Yo la miré de una forma... que reflejaba la muerte inminente que pretendía darle.

- ¡¿Pero usted es tonta?! ¡¡¡¿¿¿Ve que estoy colocando lo que pretendo comer y espera hasta el último momento para decirme que desea miccionar???!!!- Estaba totalmente fuera de mi. Yo creo que si el canibalismo no fuese delito penado la habría devorado cual bestia indomable allí mismo, bajo la sorprendida mirada del resto de pasajeros y azafatas, que quedaron de piedra oyéndome gritar como una posesa.

Naturalmente la dejé salir, pero no sin antes dedicarle un pensamiento: "Ojalá seas succionada por el vater del avión..."

Eso sí, durante el resto del viaje la señora no apartó, ni un solo instante, la mirada de la ventanilla. Eso estuvo más que bien. Disfruté de un vuelo sin más sobresaltos.

Llegué muy cansada, pero la habitación de lujo que apareció ante mí, una vez abrí la puerta, logró sacarme la sonrisa más brillante que había tenido en siglos. Dejé las maletas sobre la cama y me dirigí hacia la ventana de altura considerable, ya que llegaba desde el suelo hasta casi dos centímetros del techo, con doble hoja, y la abrí dejando entrar el dulce aire vespertino. Alucinando por el paisaje que se extendía desde el pequeño balconcito de hierro forjado en el que me encontraba hasta donde alcanzaba a vista. En ese instante supe que aquel iba a ser el perfecto inicio de un periodo inolvidable para mí.


El aire estaba siempre permanentemente impregnado de un aroma dulzón. Como una mezcla entre dulces, croissants y pan recién hecho. No sé por qué, pero la combinación de esos aromas, siendo percibidos, sin ser capaz de evitarlo, por mis delicadas fosas nasales conformaron en mi mente una imagen lésbica romántica... En la que me encontraba portando una boinita parisina, conduciendo una bicicleta por una calle adoquinada llevando a una chica con su melena al viento agarrada a mi cintura y riendo y un par de crujientes baguettes en la cesta de la bici. Creo que ese tipo de paisajes incitan a ese tipo de pensamientos, aunque yo no me considere lesbiana. Luego se lo conté a Esther y aún hoy día sigue riéndose del asunto.

A partir de ahí el tiempo voló sin remedio, llenísimo de experiencias: Las clases de medieval en francés con aquel vejestorio amargado que, según él, para facilitarme el estudio de la materia, me daría un libro de 700 páginas que tendría que leerme entero y que de ahí saldrían mis preguntas para el examen "Joder... Si tengo que estudiar más que un alumno de la universidad; y además en una lengua que no es la mía. Facilitarme el estudio dice... ¿Dónde está el arsénico? Quiero morir" Las interminables borracheras en las discos con mis compañeros de residencia y facultad, los múltiples tíos buenorros que pasaron por mi cama, ya que esa la convertí en mi etapa putiférica, las quedadas con Esther en París... En fin que fue una gran experiencia. Y realmente necesitaba evadirme durante un tiempo. Gracias a todo eso he logrado convertirme en la chica que os dije que ahora soy y que, por supuesto, estoy orgullosísima de ser.

De hecho, recuerdo una experiencia muy vergonzosa, pero a la par muy graciosa, que sucedió una de las muchas veces que Esther vino a verme a Lyon. Y es que fuimos a una disco llamada "l'abeille sexy", que en francés quiere decir "la abeja sexy" y siempre lo recordare porque ahí fue donde, por vez  primera, descubrí la absenta. Me dirigí a la barra y vi los ciento dieciséis tipos de absenta existentes. Me aventuré a hablar con el barman para informarme (toda la conversación fue en francés, pero os la traduciré):

- Hola- grité en medio del gentío.

El chico se acercó a mi e hizo alguna señal para que me percatase de que me había escuchado. así que proseguí:

- Verás... Estoy interesada en probar la absenta desde hace mucho. Lo he visto en pelis y me da mucha curiosidad ver su efecto en mí misma.

- ¿Cual deseas?- me preguntó.

- No sé... Estoy de Erasmus. ¡Qué demonios!, déjame la más fuerte que tengas- sonreí altivamente.
No tardó ni un minuto en enseñarme una botella.

- Esta es la absenta negra. Es la más fuerte de todas. Contiene un 98% de alcohol ¿Estás segura que quieres tomarte esto?- me miró como si no creyese que podría.

- Claro que sí- le desafié.

Agarré con fuerza el vaso de absenta, ya flambeada (para que se redujesen los grados), y, para presumir, me lo bebí de un trago. De pronto un ardor insoportable me bajó por la garganta. Tenía la sensación de que me había tomado una copa de la colonia nenuco con colorante. Un ataque de tos agresiva me sorprendió.

- ¿E...Estás... bien?- preguntó el barman con preocupación.

- Que sí- dije entrecortadamente, depositando el vaso nuevamente sobre la barra con un golpe seco- Ponme otra, porque esto no sube en absoluto.

- ¿Qué dices? Estás loca. Eso es una bomba de relojería para alguien como tú- dijo retirando la botella.
Antes de que se diese la vuelta agarré la botella con fuerza y dije:

- He dicho que me pongas otra- Mi tono era extremadamente desafiante. Creo que ya me empezaba a hacer algo de efecto.

El chico se resignó y me la sirvió. Pretendió quemarla como la anterior pero le arrebaté el vaso antes de que le diese tiempo a realizar la acción.

Dejé nuevamente el vaso en la barra. Y esta vez me di la vuelta como buenamente pude y me encamine, tambaleándome, al barullo, hasta que me perdí entre la multitud.

Esther estaba intentando ligar con un alemán que chapurreaba francés, hasta que me agarre del hombro de ella y descargue todo mi peso.

- Hola, guapa... Te quiero... jajaja- Dije ebria total.

- ¡Uy! Nuestra señorita creo que tiene problemas- rió- A ver... Siéntate- decidió Esther, realizando inhumanos esfuerzos para llevarme hasta un butacón cercano- ¿Qué tal estás, cariño?- quiso cerciorarse de mi estado.

- No...me encuentro muy bien- Las luces y el sonido de la discoteca se mezclaban para formar una vorágine extrañísima que se movía por sí sola- Estoy muy mareada... Tengo ganas de hacer pisssss- reí como si la vida me fuese en ello.

Y de ahí ya no me acuerdo del trayecto entre el butacón y el baño. Solo sé que mi mente conserva un recuerdo muy patético en el que yo me encontraba en uno de los cubículos del baño de chicas de ese antro, sentada en el vater, con la tapa bajada y sin bajarme las bragas. Intentaba orinar tal cual. Hasta que Esther se dio cuenta y entró para subir la tapa y bajarme a mí las bragas mientras yo trataba de abrazarla riéndome y medio muerta, esparramada, con las piernas abiertas en aquel hueco sin apenas ventilación, mientras otras chicas miraban al interior del cubículo a ver qué sucedía.

- ¡Vamos Heathy, colabora un poco!- decía intentando mantenerme el cuerpo derecho, una vez logró bajarme las bragas, para que pudiese orinar.

Después de eso, recuerdo que estábamos subiendo las escaleras que llevaban a la calle, ya que se trataba de un subterráneo, mientras dos chicos me sostenían de los brazos para asegurarse de que daba los pasos rectos, pero con aquellos taconazos era imposible... así que la imagen era como si estuviese pisando huevos. Y Esther se mantenía mi espalda, por si me daba por tirarme hacia atrás.

Cuando llegamos arriba y note la fresca brisa nocturna, perdí el conocimiento. Esther dice que su rollo alemán me llevó en brazos. Y así debió ser, porque a la mañana siguiente me desperté en mi cama con un dolor de cabeza y estomago... de mil pares de narices.

Y ese ha sido un resumen de cómo es que no he escrito en tanto tiempo ¿Entendéis ahora?. La Erasmus ha sido una de las experiencias más gratificantes de toda mi vida. Quitando, claro está, algunas cosas como lo de la borrachera a base de absenta que no le deseo a nadie.

Y aquí me tenéis de vuelta, para seguir compartiendo vivencias con vosotros. Os recomiendo, chicos, que, si tenéis oportunidad os vayáis de Erasmus. Es algo increíble.

La moraleja de hoy es "Una Erasmus siempre será un paréntesis en tu vida para hacer lo que te salga de los ovarios o huevos, dependiendo del sexo que seas. Porque nunca se volverá a repetir"

viernes, 29 de octubre de 2010

Capítulo 7: Pasajes a otro mundo

Disculpad mi desaparición repentina; pero es que estoy de viaje.

Resulta que descubrí que otro de mis amigos cumplía años el veintidós de octubre. “Jo... Si es que parece que todas las parejas se ponen de acuerdo para fornicar por las mismas fechas. De ahora en adelante, consideraré febrero y marzo como la época de apareamiento humano. Las olimpiadas sexuales”

Perezosamente agarré el teléfono y con mala gana fui dejando caer mi dedo índice sobre los diferentes agujeros de los números que deseaba marcar, y desplazando muy lentamente la ruedecita del teléfono mientras sostenía, con la otra mano y ayuda del hombro, el auricular. Esperé un segundo y comenzó a emitirse la señal. Resonando, de pronto, un fugaz ruido metálico inmediatamente seguido de una voz proveniente del otro lado del hilo:

- ¿Diga?

- ¡¡¡FELICIDADES JUANMAAA!!!- respondí con voz entusiasta.

Se trataba de un chico extremadamente espontáneo y muy divertido. Quizás sea, además de Dimas, la persona con la que más me alegra seguir en contacto tras la despedida de Hideki.

- Gracias Heather- rió

Parecía algo cansado; por lo que estuve a punto de preguntarle qué le sucedía. Pero en lugar de ello dije:

- Venga; prepárate, porque mi regalo de cumple será una excursión a la tienda de comics más grande de la ciudad.

- ¡GENIAL!- gritó, mientras yo me apartaba el auricular del oído, a la par que arrugaba mi perfecto rostro de manera inconsciente.

Sabía que esa idea le encantaría. Después de todo, le conocí en uno de esos eventos de animación japonesa con nombre de parte de camisa. “Que originalidad”.

Por mi misma no habría ido ni aunque me prometiesen todos los perfumes de Cacharel desde su creación hasta la actualidad. No me gustaban para nada esos dibujos ojigrandes y poco realistas. Pero a Hideki le vuelven loco; y por esa época aún no era capaz de hacer nada sin él. Así que, quisiera o no, me veía arrastrada a esos lugares infestados de frikis a más no poder. Disfrazados de ridículos personajes. Y, además, son tan poco originales que, por lo poco que me he informado, han de disfrazarse de personajes referentes a series extremadamente comerciales para aquellos que entienden del tema. No son capaces de vestirse de otros. Por lo que al ir a esos sitios se ven innumerables clones de un mismo monigote. Sintiéndose maravillosamente bien haciendo una cutre imitación del personaje en cuestión. “Dios… menuda vergüenza ajena pasaba esos días”.



Recuerdo una vez en concreto, precisamente él día que conocí a este chico, en la que me avergoncé tanto de estar allí en medio, que me arrimé lentamente al rincón más apartado de la zona. Junto al puesto de bebidas.

Pedí una Coca-cola Light. Pero como el “barman” me vio con cara de que, tras ese pequeño capricho refrescante, cometería un suicidio sin contemplaciones, extendió la mano, ofreciéndome, a escondidas, una botella de sake. Nunca lo había probado antes; de todos modos no suelo beber. Ya que es malísimo para la piel. Pero la situación lo requería, debido al alto grado de desesperación en el que me encontraba en aquel momento. Así que acepté la botella; pero antes de soltarla, el chico se puso su dedo índice en los labios como señal de que lo guardase en secreto. Pues las bebidas alcohólicas era algo que no estaba permitido en el evento. Por lo que debía ser discreta. Luego me explicó que se trataba de una bebida hecha a base de arroz fermentado. Así que, no sé por qué, pensé que no debía de ser tan fuerte. Por lo que no se subiría tan rápido como podría hacerlo cualquier otra bebida que contuviese alcohol.

Miré la botella y, de un trago, me tomé la mayoría del contenido. El chico abrió los ojos tanto que parecía que los globos oculares se le saldrían de un momento a otro; y con un gesto rápido intentó detenerme, sustrayéndome la botella. Pero ya era demasiado tarde. Porque tras una ráfaga de violentos ataques de tos, debido a la fuerza del alcohol, la bebida ya había hecho mella en mí. Y recuerdo, de una manera muy lejana, que me subí al escenario como pude, portando sobre la cabeza un bote de ramen vacío que previamente había sacado de la basura (mi pelo acabo oliendo a ternera y hecho un auténtico estropicio) y un mantel desechable a modo de capa. Cogí decididamente el micro y comencé a cantar, combinándolo con movimientos ridículos que, gracias a la borrachera, no puedo recordar con exactitud. La gente se arremolinó cubriendo el perímetro del escenario, atraídos por mi voz desafinadamente relajada, mientras se reían y me animaban a seguir. Luego me detuve unos segundos, y me desplomé súbitamente sobre la superficie enmoquetada.

Lo próximo que recuerdo es estar en un cuarto que tenía pinta de ser un almacén. Me hallaba tirada en el suelo polvoriento, rodeada de cajas y objetos irreconocibles, por el embalaje que les envolvía. Y un chico de complexión ancha, estatura media-baja, con gafas, intentando que recuperase la consciencia.

- ¡¿Estas bien?! oye…- decía con una tonalidad cargada de preocupación.

Su cara fue cobrando nitidez poco a poco. Dejando atrás la espesa bruma que me hacía ver su rostro como algo amorfo, completamente difuminado. Quedando ante mí el chico, disfrazado, con peluca rosácea, coronada con una diadema con orejitas de conejo, trajecito de princesa del mismo color que la peluca y una serie de accesorios que, a pesar de ser de valor joyeril cuestionable, le sentaban con mucho estilo.



- Sí…eso parece- decía con voz débil y molesta. Llevándome la mano derecha a la cabeza; pues la tenía tremendamente zumbada- ¿Cómo he llegado hasta aquí?.

- En cuanto quedaste inconsciente, la gente empezó a perder el control. Yo me subí al escenario y te cargué en brazos. Como conozco al encargado le pedí que abriese el almacén para estar lejos del bullicio de ahí fuera, para que te recuperases mejor. Has tardado una hora, y poco más en recuperar la consciencia. ¿Se puede saber que has tomado?.

- …s… solo un poco de sake…- hablaba entrecortadamente por el fuerte dolor de cabeza que tenía.

- Un poco. Sí, ya…- dijo con incredulidad.

- No grites, por favor. La cabeza me va a estallar.

Tras esto, hice un pequeño esfuerzo por levantarme, muy mareada. Pero enseguida sentí como algo me tiraba del estomago hacia arriba. Y el esófago se me dilataba de una manera casi automática.

Intenté llevarme la mano a la boca, para retener el vomito que parecía querer salir a toda costa de mi interior; pero ya era demasiado tarde. La sensación pudo más que yo, y vomité encima del traje del pobre chico.

- Lo… lo siento. Yo…- decía avergonzada-…yo puedo arreglarlo. ¿Cuánto quieres?- metí la mano en el bolso, en busca de la cartera.

- ¡Uuuf!... No pasa nada…- dijo con cara de enfado contenido mezclado con resignación.

- No sé que me ha pasado…

- A juzgar por el olor del que se ha quedado impregnado mi disfraz, yo diría que te has tragado una buena cantidad de sake. Eso explica que estuvieras montando aquel follón ahí fuera.

- ¡Oh…no… ¿Fue mucho?!- preguntaba alterada dentro de los marcos que el dolor de cabeza me permitía. Mientras el chico me miraba con una cara que reflejaba la increíble incredulidad que intentaba suavizar.

- Venga ya… Yo creo que esto saldrá en todos los medios de comunicación. Mañana, en lugar de dedicar un espacio al reportaje referente al salón, dedicarán el doble a ti y tu momento en el estrellato como cantante algo pasada alcohólicamente ablando- rió- es lo que a la prensa le interesa. Y, ¿para qué engañarnos? Al público en general.

- Vale, vale. Vaya ánimos… deberías ser psicólogo ¿sabes?- aclare con un deje sarcástico.

Levantándome, con su ayuda, tras haber desechado parte de la sustancia, le di la mano a modo de saludo. La situación no daba paso a un mínimo comportamiento cortés y no habíamos podio presentarnos. Además, la cosa no estaba como para darle un beso. Pues, apuesto a que mi aliento olía a un desagradable O’ de bilis.

- Gracias por todo. Me llamo Heather.

- Yo me llamo Juanma. Pero hoy soy Usagi princess.

Lo miré con algo de desprecio imperceptible; resultaba ser un friki más de los que se acumulaban de puertas para afuera, una vez saliéramos del almacén. Pero ante todo, me había ayudado. Así que, de una forma u otra, me encontraba en deuda con él.

- Vaya… em… ahora que me fijo, sí que es un bonito vestido.

- ¿A que sí? Lo he hecho yo mismo, remodelando un antiguo vestido de princesa- la cara se le iluminaba al hablar- Este personaje es exclusivamente mío. De mi propia creación- anunció orgulloso.

“Era como una versión travestidamente pedófila de las chicas de portada Playboy”

- ¡Uuuh!- emití falsa sorpresa- es… Eso resulta fascinante- esbocé una sonrisa prehistórica.

Después de aquello, salimos a escondidas, camino hacia los baños del establecimiento. Procurando que no nos viesen: yo, para evitar que la gente me preguntase y me viese con la mala cara que llevaba. Y así evitar quedar como la borracha del salón para la posteridad, convirtiéndome así en una leyenda urbana que se contarían los futuros predecesores de los frikis actuales. Y Juanma, para ocultar la mancha que mis jugos gastricos le habían dejado en el vestido.

Llegar hasta nuestro destino fue toda una odisea. Ocultándonos y yendo con precaución. Los baños no parecían surgir nunca ante nosotros. Se encontraban extremadamente lejos desde el epicentro de la actividad pseudosnipona. “Como para que a alguien le entrase un apretón y no llegara a tiempo…” en cierto modo fue lo que esperé que sucediera. Ya que sería lo único que eclipsaría mi actuación ridícula. Siendo reemplazada, y cayendo en el más absoluto de los olvidos. Pero no. No sucedió.

Al llegar, tratamos de limpiar el vestido de Juanma, y disimular el olor del que había quedado impregnado. Luego, me lavé la cara. Tras esto me maquillé un poco y me retoqué el cabello. “siempre llevo mi set de maquillaje en el bolso. Es un consejo que doy. Una nunca sabe a que imprevistos se ha de enfrentar, y mantener una imagen siempre inmaculadamente perfecta requiere de continuos retoquitos”

De esa manera tan desastrosa, fue como conocí a ese niño tan cómico. ¿Quién me iba a decir a mí que me amigaría con un miembro de la especie fricosa que tanto trataba de evitar, y que tantos años después sigamos estando tan unidos. Hay que ver como vuela el tiempo”

Pasé a por Juanma, en la limusina y nos dirigimos a la tienda de comics americanos, manga y anime más grande de toda la ciudad. Y mientras él era literalmente absorbido por esos dibujos tramados en blanco y negro, yo pululaba por ahí sin enterarme de nada. Observando al prototipo de persona que solía frecuentar esos lugares: sexo varón, la mayoría, gordos, granudo, con gafas, pelo largo, con las puntas florecidas y una cantidad ingente de grasa capilar sobre su diminuto cuero cabelludo. Me dio la impresión de que esta gente no hace más que pasarse días y días encerrados en su habitación, comiendo sin parar, con un nivel de higiene ínfimo y leyendo comics a la vez que tienen reproduciendo algún capitulo de alguna serie anime. Me imagino que sus habitaciones serán una especie de maqueta de vertedero. “Oh… por favor… salvadme”

Mientras me encontraba en medio de una serie de pensamientos ligeramente grotescos con relación a los clientes de la tienda, sentí unos golpecitos en mi hombro izquierdo. Al volverme encontré a Juanma de pie, junto a mí, con una cara que transmitía tanto brillo de felicidad, que inconscientemente fruncí el ceño.

- ¡¡¡MIRAAA!!!- me pegó tanto el comic a la cara que llego hasta mi el delicioso olor a nuevo- he conseguido el tomo dos mil cuatrocientos noventa de Sakura card captor y un poster magnífico de sailor Venus, edición limitada. ¡SOY FELIZ!- concluyó.

El manga, al igual que el anime, me resultaba pesado precisamente porque los tomos tomos y episodios, respectivamente, son interminables. Y no porque cada capítulo tenga un argumento interesantísimo e imprescindible para el desarrollo de la historia, sino porque ocurre exactamente lo contrario. Están plagados de material de relleno que no tienen nada que ver con el hilo argumental clave. Además. Hay que añadir que estas series y tomos los forman dibujos que distan mucho de lo que pueda asemejarse a un ser humano normal: Sus expresiones, actos, comportamientos y posturas no son humanos. Simplemente estúpidos. Quieren introducir tanta comedia, que lo joden.

- Vaya que bien. Has tenido mucha suerte- dije de manera que no se notase mi extrema falta de interés.

Cuando acompañé al chico a pagar los artículos adquiridos, que pretendía pagar yo a modo de regalo de cumpleaños, pude ver un cartel pegado en el mostrador que ponía:



A mí no me resultaba atractivo, pero era el cumpleaños de Juanma, y él adora el manga y ese país en su conjunto.

- Oye Juanma…- dije sin apartar la mirada del dependiente. Que se encontraba al otro lado del mostrador.

- Dime- contestó con voz aún eufórica, con los ojos clavados en el poster de la tipa esa.

- Espérame un momento aquí. ¿Sí?

Tras esto me dirigí hacia el mostrador. Pero el hombre salió de detrás de la mesita de madera y se dispuso a ir hacia la trastienda. Por lo que me obligó a cambiar mi rumbo. Siguiéndole hasta introducirme, detrás de él, en la zona restringida.



- Hola- mi voz sonó muy descarada, ahora que lo pienso.

- ¿Qué haces aquí? ¿No sabes leer?- parecía haberle afectado más de lo normal. Ni que escondiese allí un cadáver- el rótulo de la puerta dice claramente: solo personal.

Ignoré sus palabras y proseguí:

- Me he fijado en que estáis sorteando un viaje a Japón… Bueno no voy a entrar en detalles. Porque ya sabes a que me estoy refiriendo. Parece ser un acontecimiento muy popular, a juzgar por los chillidos que produce la gente de ahí fuera- y era verdad. Al entrar en la tienda, nos habíamos fijado en la gran marabunta que esperaba sin comprar nada. Y nos preguntábamos qué era lo que aguardaban- El caso es que yo quiero resultar ganadora por encima de todo. Y me he dado cuenta de que aún no ha empezado- dije fijando mis oscuras pupilas en la caja de bolas.



- Así es- ya parecía acostumbrado a mi presencia en el lugar. Debió de darse cuenta, por mi desparpajo, que, por mucho que insistiese, no tenía la intención de marcharme de allí sin haber logrado mi objetivo- la rifa consiste en que cada participante debe comprar un boleto de estos- me enseñó un carrete de boletos separados por microcortes, de color naranja, con el logo de la tienda- cada uno de los boletos otorga al participante a introducir la mano una vez, sacando una bola. Así pues, cuantos más boletos se compren, más veces se podrá introducir la mano. Y por tanto, mayor es la probabilidad de ganar.

- Comprendo…- dije con voz tramadora. Y me dirigí hacia la mesa en la que reposaba la tentadora caja. Cuando llegué a su altura, me apoyé en ella suavemente, mientras la usaba para producir ruiditos con la punta de los dedos, y proseguí- ¿No…existe la posibilidad de llegar a un acuerdo en cuanto al premio? Supongamos que yo soy la primera de la fila de participantes. Y, por casualidad,- aquí me permití especial énfasis- consigo extraer la, tan codiciada, bola dorada- le guiñé el ojo.

- Señorita. ¿Usted está intentando sobornarme?

- No, no, no- me di prisa en contestar. Pero sin perder el descaro y la tranquilidad de mi voz- No me ofendas, por favor. Consideremos que es solo una reventa de pasajes, con un sugerente interés añadido. Con esta oferta conseguirás aún más beneficios que con la simple venta de boletos No la puedes rechazar. ¿No te parece?

Mientras decía esto busqué en mi bolso la cartera. Y saqué de ella cuatro relucientes billetes de quinientos euros y dos de cien. Abanicándome con ellos posteriormente.

- Vaya. ¿No hace calor aquí?- me regodeé

Como era de esperar, el vendedor fijó, inmediatamente, la vista en los billetes “el dinero lo consigue todo”. Sonrió ampliamente, pero, tan pronto como había aparecido la sonrisa desapareció de su granudo rostro.

- Esto tiene que tener algún truco-analizó la situación- una chica tan joven no puede llevar tanto dinero en efectivo en el bolso. ¿Cuantos años tienes?, ¿veintitrés, Veinticinco? Y por otra parte, nadie da tanto dinero, empeñándose en ganar un sorteo de una tienda normal y corriente- dudó.

- Primero; ¿por qué te tengo que dar explicaciones yo a ti de cuanto dinero tengo en mi poder? Segundo; a una dama no se le pregunta la edad. Es muy descortés por tu parte. Además de que no pienso contestar. Y tercero; si no lo quieres demuestras ser un necio.

Me dispuse a irme. Pero el me detuvo. “Ya lo tenia todo previsto. La psicología inversa siempre funciona”.

- Sin embargo, no he dicho que no lo quisiera- dijo mientras yo me volvía hacia él- Pero, por curiosidad, ¿Por qué alguien tan rico tiene que sobornar a un humilde vendedor de comics, si puedes ir por ti misma a comprar los billetes de avión?

- La respuesta es simple: Porque la persona a la que se los quiero regalar cumple hoy años, y no aceptaría que se los comprase directamente. Pero si los “gano” en un sorteo, no podrá negarse. A mí no es que me haga gracia viajar a ese país… Pero como a él sí, pues hago todo esto.

Sin decir nada más, se dirigió a la caja y saco todas las bolas negras que, simbolizaban la perdida de la oportunidad comprada. Y dejó solamente la bola dorada en su interior.

Me acerqué a él y le di los billetes.

- Salís hacia Japón, esta noche en el vuelo de las diez. Toma- me dio un boleto- Si no tienes ninguno podrían sospechar. Los billetes de avión te los daré en cuanto saques la bola, ante todo el mundo. Cuanto más real, menos se fijará la gente.

Tras este pequeño arreglo por mi parte, el chico cargo la caja en brazos y salimos a la parte delantera de la tienda. La gente ya hacía cola. Y yo me acerqué a Juanma.

- ¿Dónde has estado? ¿Por qué te metiste ahí dentro?- decía extrañado.

- Tranquilo solo fui a comprar un boleto- dije enseñándoselo.

- ¿Boleto?

- Sí. Fíjate en el cartel. Hoy hay un sorteo. Y si ganamos nos iremos a Japón

- ¡Buah! Pero en eso nunca se gana.

Me reí, cogí a Juanma de la muñeca y nos colocamos los primeros de la fila.

- ¡ATENCIÓN!- gritó el vendedor- da comienzo el sorteo.

Juanma intentó decirme algo pero le mandé guardar silencio porque el dependiente me había ofrecido meter la mano en la caja tras haberle mostrado el boleto.



Para sorpresa de todos elevé la bola dorada. Para que todos pudieran verla. Mientras Juanma decía, entre murmuyos de gente que decían que la rifa estaba amañada:

- ¡HAS GANADOOO!. ¡NO ME LO PUEDO CREER!. ¡DE VERDAD NOS VAMOS A JAPÓN!

A las 21:35 ya estábamos pasando el control del aeropuerto, con todas las maletas ya facturadas. Hacia la puerta de embarque. Tuve algunos problemas con la hebilla del cinturón de D&G. Pero no hubo mayor complicación.

En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en los asientos correspondientes. Y pocos minutos después. Sentimos despegar el gran pájaro metálico.

- ¡ALLÁ VAMOOOS!- Gritamos los dos.

A pesar de no ser un destino que me entusiasmara, no se porqué. Pero me invadió una emoción extraña. Ahí estábamos. Rumbo a la tierra del sol naciente.

Perdonad chicos, pero aún me quedan unos días en tierra nipona y estoy usando un ordenador del hotel. En cuanto llegue a casa os contaré el desenlace. Hasta entonces… ¡Sayonara!.



La Moraleja de hoy es: “A veces una pequeña mala acción procura la felicidad de varias personas”